
No es mi intención imponer cómo han de comportarse los hombres de naturaleza fuerte y ejemplar, capaces de cuidar de sí mismos tanto en el cielo como en el infierno, y de construir y gastar incluso con más magnificencia que los opulentos sin empobrecerse por ello, incluso desde la inconsciencia (si es que existen esos seres de ensueño); ni tampoco a aquellos que hayan ánimo e inspiración, precisamente, en el estado actual de las cosas, que acarician y miman con el fervor y entusiasmo de amantes —entre los cuales yo, en cierto modo, me incluyo—, ni estoy hablando para quienes cuentan con un buen empleo en cualquier circunstancia y los saben; hablo, pues, para la gran masa de descontentos, que maldicen su destino y los tiempos que corren, en vez de tratar de mejorarlos. Los hay que culpan enérgica y desconsoladamente a otros porque, dicen, cumplen con su deber. Y tengo también en mi mente a quienes, al parecer pudientes, en realidad pertenecen a una clase terriblemente empobrecida, que ha acumulado basura y que no sabe cómo hacer uso o deshacerse de ella, así encarcelados con sus propios grilletes de oro o plata. Continue reading Henry David Thoreau

