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Carlos Cachón

Telegrama, no tuit

Si bien es cierto que basta una envolvente para construir buena arquitectura, centrarse en la forma y acabar olvidando el contenido es un buen camino para resultar intrascendente. Esa es la gran crítica que se suele hacer a las obras espectaculares. Sin embargo con frecuencia la propuesta alternativa es un retorno a lo tradicional, a la forma existente, a lo que había. Como si eso fuese la solución. El resultado habitualmente son edificios que muestran los mismos vicios. Obras reducidas a meros formalismos, en las que lo único que importa es la envolvente, la apariencia, conocida en este caso. Un formalismo del que sus autores con frecuencia aparentan no darse cuenta porque siempre lo han tenido ahí, delante de sus narices.

Carlos Cachón

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Telegrama, no tuit

Y se podría argumentar que la materialidad no busca elaborar una forma, sino precisamente suscitar una emoción. Pero ese es el mismo plano en el que se mueven las obras espectaculares, donde lo que importa es crear una impresión. Ambas surgen de la necesidad de cuestionar el dominio abstracto, de someterse al rodillo uniformador del racionalismo. Pero mientras que la corriente que busca restituir la materialidad a la actualidad, necesita fabricar la ficción del presente baldío, fundar un pasado mítico dotado de cualidades perdidas en el presente, un anacronismo, lo espectacular en cambio se atreve a construir sus impresiones con las herramientas de su tiempo. A no rechazar los ingredientes de la cotidianeidad. Parte al menos de un reconfortante rechazo a los aditivos. Que luego se malogra seguramente por los vericuetos de la ausencia de constricciones.

Carlos Cachón

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Telegrama, no tuit

Es una ingenuidad de los anuncios pensar que con su insistencia sobre bienes que alguna vez despertaron nuestro interés lograrán doblegarnos. Como si una vez que le has echado el ojo a algo pudiesen apartarte de su camino, como si una vez que has desechado cualquier cosa pudiesen persuadirte de su utilidad.

Carlos Cachón

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Telegrama, no tuit

Es posible imaginar un mundo en que las sociedades llevarán hasta tal extremo el cuidado de la salud de sus miembros, que acabarán confinando a cualquier sospechoso de poseer tendencias suicidas. Perderemos así nuestra única libertad verdadera, la de tener la opción de decidir cuándo poner fin a todo.

Carlos Cachón